Vamos, venimos, vivimos

Al salir del ferry hoy, como cada domingo de regreso, me ha inundado un sentimiento de nostalgia, ya no sé si por la cercanía del final en este lugar o por la distancia que me separa del otro. Siento que tengo el corazón dividido y roto a la vez.
Ante mí se alza una panorámica de la vieja ciudad, mientras la rampa del barco baja, y poco a poco la imagen de un mundo va quedando al descubierto, como un velo apartado que deja ver el rostro hermoso de una mujer. La mezquita al fondo y su hermana cristiana que juntas miran el atardecer, tranquilas. Yo mientras tanto pienso, antes de echar a andar hacia la aduana maleta en mano, si salgo o entro, si regreso o me estoy yendo, si volveré a contemplar a las hermanas mestizas mirar el atardecer en su aparente soledad.
La capacidad de adaptación a un lugar a veces puede dejar de ser adaptación y convertirse en esencia y la esencia de un lugar que te atrapa a veces te puede llevar a una serie de sentimientos encontrados, entre lo que se supone que uno debe, puede, quiere, planea o teme hacer. Se genera un universo de dudas, un rompecabezas mental que lejos de ser resuelto se instala cómodo en la cabeza. Dos realidades paralelas pueden vivirse de esta manera y es natural sentirse así, pero lo que no se puede es distribuir equitativamente la energía generada pues siempre al final una parte tira más de ti, y del alma.
Cuando vives un momento y sientes que ocupas su espacio, cuando en la sencillez de un día a día sientes la plenitud, cuando una vez más te sobrevienen las dudas, esto debe pasar, para que al final de la experiencia todo lo bueno que hayas podido aprender te lleve a descubrir que el hogar de un corazón se encuentra allí donde sus latidos son más fuertes.
Cuando vives un momento y sientes que ocupas su espacio, cuando en la sencillez de un día a día sientes la plenitud, cuando una vez más te sobrevienen las dudas, esto debe pasar, para que al final de la experiencia todo lo bueno que hayas podido aprender te lleve a descubrir que el hogar de un corazón se encuentra allí donde sus latidos son más fuertes.
De esta nueva aventura que ya va tocando fin, he podido aprender que somos trocitos de historias vividas, estampados, tatuados, marcados por las huellas que dejamos en ese camino nuestro, que aunque incierto, difícil, inconexo, solitario, descarado, sorprendente, efímero, eterno y tan bello a la vez, nos muestra una y otra vez la necesidad de seguir avanzando, como el barco que cada domingo nos lleva o nos trae, nos acerca o nos aleja, luchando con las olas de un furioso mar de vida, para llevarnos a buen puerto, como el final de este cuento al que regalar la palabra feliz.
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