En Español
20 Septiembre 2013
Tánger y el escritor
EL CIELO SOBRE PAUL BOWLES
La verdad es que hasta El cielo Protector nadie se fijaba mucho en Paul (For Bread Alone) o el pintor Yacubi: entre él y Emilio Sanz de Soto -otro descubridor- le hicieron exponer en Nueva York y ahora está en la colección permanente del Guggenheim. Fue una especie de amanuense de Mohammed M'Raabet, con cuya biografía relatada compuso en texto que describía como nunca se había hecho la vida del marroquí innominado y pobre.
Bowles en Tánger. Es muy fácil no ser nadie en Tánger, y no parecía que aquel caballero neoyorquino, de la cepa cosmopolita, quisiera ser alguien. Más bien tenía interés en que los otros fueran alguien: sabía sacar adelante a un escritor marroquí como Mohammed Chukri (tradujo al inglés su novela).
A Bowles le eclipsaba su mujer, Jenny, ahora enterrada en Málaga, donde murió con la cabeza perdida. Jenny y Paul Bowles eran una pareja extraña: vivían entonces puerta con puerta, ella sostenida -físicamente: se caía- por una marroquí, la Cherifa, a la que Paul atribuía capacidades mágicas y de la que siempre sospechó que estaba drogando a su mujer, hasta la muerte. Él, con un marroquí discreto, que le ayudó también.
Decía Bowles que era un error creer que había elegido un lugar perdido del mundo para vivir, porque Tánger podía ser
en momentos determinados
la capital del mundo.
Paul Bowles era, para algunos de nosotros, un músico que había sido crítico de fama en Nueva York (su maestro en París fue Aaron Copland), que había compuesto seriamente, pero que luego se había dedicado en profundidad al estudio de la música folclórica marroquí, más allá de la meramente arabigoandaluza que se estudiaba en los conservatorios: la de las etnias, la de las kabilas. Su casa era un archivo impresionante, en una época en que el grabador de mano, el casete, no existía y los magnetófonos eran pesados y enormes: cargado con ellos recorrió todo el país, registró y comentó, analizó. Tengo entendido que la colección se encuentra hoy en la Biblioteca del Congreso.
Apenas frecuentaba la vida social. Recibía en casa: Tennessee Williams, Burroughs, Genet, Truman Capote. Estoy hablando de algunos de los más grandes escritores de este tiempo, y también de un sexo que en Tánger hacían manifiesto con más libertad que en otros sitios.
Todos hablaban con enorme respeto de Bowles: era uno de ellos, uno de los que escaparon de Estados Unidos: a París sobre todo, como la generación anterior -Miller, Hemingway-, pero también a Tánger. Decía Bowles que era un error creer que había elegido un lugar perdido del mundo para vivir, porque Tánger podía ser en momentos determinados la capital del mundo.
Autor: EDUARDO HARO TECGLEN
NOVIEMBRE /1999/ CULTURA / ELPAIS (Extracto)
26 Junio 2013
LUZ
Entre calles de gentes y colores colgados de ventanas, en portales
Se inunda un sueño en soledad.
Te busco en cada estampa que mi memoria graba
En cada huella perdida,
Con esmero, te busco en los colores, en las ventanas, en los portales
En las miradas pasantes, en las rumorosas fuentes
En todo te busco, te busco, te busco.
Como el viento que peina mi enredo,
Siento un aliento cercano, deseo,
Siento el silencio y su tempestad.
Siento el silencio, el deseo siento
Siento tus manos, y la luz de tus cabellos,
Siento el latir que duele, el latir que corre y su tempestad.
Oigo más cosas que nunca
Cuánto más decido callar.
El mismo idioma no, el mismo lenguaje, el silencio.
En aquél silencio nuestro mariposas yo puedo gritar.
Ellas salen furiosas del vientre y se instalan en la boca
Preparadas para escapar al primer suspiro del alma,
Ellas se instalan furiosas, mariposas furiosas.
Las siento tan furiosas, tempestad, mariposas.
Con tus manos imagino un collar que al aire mueva sus piezas,
Respirar ese sueño imagino, sueño solitario, esencia mía el soñar.
Esencia mía el soñar, soñar tus manos, mariposas
Me devuelves la vida perdida, la inocencia pasada al pasar.
Renaciendo va mi ser en el manantial de la miel que fluye,
En tus ojos la luz de un manantial de miel que fluye,
Me devuelves la mirada, tu mirada inocente al pasar
Y tus manos en el viento vuelan, silencio y mariposas.
De tus manos y mi pecho, carne y miel que suenan,
un laúd que suena al aire, y mi alma... manantial de miel,
Pues decido soñar tus manos,
Silencio y mariposas,
En tus ojos, un manantial de luz,
Y en el vientre... mariposas.
09 Junio 2013
Al salir del ferry hoy, como cada domingo de regreso, me ha inundado un sentimiento de nostalgia, ya no sé si por la cercanía del final en este lugar o por la distancia que me separa del otro. Siento que tengo el corazón dividido y roto a la vez.
Ante mí se alza una panorámica de la vieja ciudad, mientras la rampa del barco baja, y poco a poco la imagen de un mundo va quedando al descubierto, como un velo apartado que deja ver el rostro hermoso de una mujer. La mezquita al fondo y su hermana cristiana que juntas miran el atardecer, tranquilas. Yo mientras tanto pienso, antes de echar a andar hacia la aduana maleta en mano, si salgo o entro, si regreso o me estoy yendo, si volveré a contemplar a las hermanas mestizas mirar el atardecer en su aparente soledad.
La capacidad de adaptación a un lugar a veces puede dejar de ser adaptación y convertirse en esencia y la esencia de un lugar que te atrapa a veces te puede llevar a una serie de sentimientos encontrados, entre lo que se supone que uno debe, puede, quiere, planea o teme hacer. Se genera un universo de dudas, un rompecabezas mental que lejos de ser resuelto se instala cómodo en la cabeza. Dos realidades paralelas pueden vivirse de esta manera y es natural sentirse así, pero lo que no se puede es distribuir equitativamente la energía generada pues siempre al final una parte tira más de ti, y del alma.
Cuando vives un momento y sientes que ocupas su espacio, cuando en la sencillez de un día a día sientes la plenitud, cuando una vez más te sobrevienen las dudas, esto debe pasar, para que al final de la experiencia todo lo bueno que hayas podido aprender te lleve a descubrir que el hogar de un corazón se encuentra allá dónde sus latidos son más fuertes.
Cuando vives un momento y sientes que ocupas su espacio, cuando en la sencillez de un día a día sientes la plenitud, cuando una vez más te sobrevienen las dudas, esto debe pasar, para que al final de la experiencia todo lo bueno que hayas podido aprender te lleve a descubrir que el hogar de un corazón se encuentra allá dónde sus latidos son más fuertes.
De esta nueva aventura que ya va tocando fin, he podido aprender que somos trocitos de historias vividas, estampados, tatuados, marcados por las huellas que dejamos en ese camino nuestro, que aunque incierto, difícil, inconexo, solitario, descarado, sorprendente, efímero, eterno y tan bello a la vez, nos muestra una y otra vez la necesidad de seguir avanzando, como el barco que cada domingo nos lleva o nos trae, nos acerca o nos aleja, luchando con las olas de un furioso mar de vida, para llevarnos a buen puerto, como el final de este cuento al que debemos llamar feliz.



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